Jose Javier Fernández Altuna

La materialización de lo inmaterial

El conjunto de esculturas en torno a la cabeza humana que ha desarrollado la artista Agustina Otero (León, 1960) durante aproximadamente las dos últimas décadas (1998-2023) en su estudio de Ituren (Navarra), nos plantean muchas más incertidumbres que certezas, muchas más preguntas que respuestas y, por ello mismo, es tan interesante y atractiva.

A partir de la forma básica y elemental de la cabeza humana, Agustina Otero ha creado un amplio y diverso conjunto de esculturas en el que no sólo ha empleado y combinado diferentes materiales, sino también distintos lenguajes artísticos. Pero a pesar de la evidente variedad tanto en sus diferentes obras como en la ejecución de las mismas, hay algunos elementos y, sobre todo, algunas características que destacan sobre las demás.

De hecho, aunque no necesitemos de una progresión cronológica ni una agrupación temática a la hora de enfrentarnos a las obras que ha creado la artista en torno al tema de la cabeza humana, está claro y es evidente, que en la creación y en el desarrollo de este conjunto de esculturas hay dos premisas, dos características, que con el paso del tiempo y de los años cada vez han tenido mayor importancia en el proceso creativo de Agustina Otero, destacando sobre las demás, y marcando el camino en la creación de los diferentes ejemplo escultóricos que una vez finalizado el proceso completan la exposición que ahora finalmente podemos ver.

Por un lado y, en primer lugar, destacaríamos la cada vez mayor tendencia a lo elemental y a lo básico, es decir, a la sencillez, tanto en las formas como en el propio modo de representar la cabeza humana, desarrollando así con el paso de los años, un lenguaje cada vez menos figurativo y más abstracto, más elemental y sintético.

En segundo lugar y, por otro lado, hay que subrayar también la importancia y el protagonismo que ha ido tomando en la obra y en el proceso creativo de Agustina Otero el propio material en sí mismo sobre el que están construidas las cabezas humanas, reduciendo la intervención artística a lo mínimo, y adquiriendo así éstas cabezas una presencia y una proximidad mayor respecto al espectador, ya que están imbuidas de densidad e intensidad.

De hecho, estas dos características que acabamos de destacar en el conjunto de obras que ahora nos presenta la artista, facilitan que las esculturas de Agustina Otero adquieran y subrayen a su vez así también dos de los valores que por mi parte más he admirado y de los que más he disfrutado sin lugar a duda a lo largo de la extensa y prolífica trayectoria de Agustina Otero, y son, ahora también por partida doble, las siguientes.

Por una parte, el deseo de comunicarse con el espectador proponiéndole propuestas legibles, cercanas a sus intereses y a su sensibilidad y, por otra parte, el gusto por buscar a través de las obras de arte que crea con tanto mimo y sensibilidad, la propia belleza de los objetos, de los materiales sobre los que materializa sus propuestas artísticas. Y es que las obras de Agustina Otero se crean, se forman como objetos en sí mismos, bellos y fascinantes de los que no resulta fácil apartar la mirada, y que hechizan como sólo lo saben hacer aquellas obras de arte que trascienden de lo material y consiguen adquirir otros valores y características que podemos considerar e incluso denominar como inmateriales.

Así, en Agustina Otero, el juego de contrastes entre formas, materiales, ideas, conceptos y significados sin ser evidente es sugerente, y nos invita a la reflexión, a la introspección, sugiriéndonos que en un período en el que el arte desmaterializado ha predominado y ha impuesto su férrea dictadura, volvamos a entender las obras de arte desde la materialidad, aportándonos unas creaciones que por ser legibles ni son evidentes ni fáciles ni sencillas de entender y de sentir, ya que como hemos apuntado, también incluyen muchos elementos propiamente inmateriales, ajenos a lo aparentemente material y visible. Porque no debemos olvidar que al arte no accedemos por el camino recto de la razón y el conocimiento, sino por el sendero sinuoso de los sentimientos y las emociones. Y es que para que una obra de arte nos atraiga y nos conmueva antes nos tiene que interesar, nos tiene que seducir, hacernos mover de nuestro sitio y de nuestras creencias o suposiciones prestablecidas.

Por ello, también pienso que la ubicación de estas piezas de Agustina Otero en el Museo Fundación dedicado al artista Jorge Oteiza en Alzuza (Navarra) es un gran acierto en esta merecida, adecuada y excelente propuesta expositiva. Ya que en el interior de la obra de Agustina Otero late el mismo sentimiento y el mismo deseo por intentar plantear más preguntas que respuestas, incertidumbres que certezas, que en su momento también buscaron y no encontraron artistas de la importancia y el valor de Jorge Oteiza, pero también otros como Eduardo Chillida, Constantin Bancusi, Julio Gonzalez o Jose Ramón Anda, que una vez y otra nos vienen a la memoria cuando contemplamos la obra de Agustina Otero de la manera más correcta y recomendable para cualquier artista que quiera tener su propio lenguaje artístico, es decir, de manera indirecta, a base de evocaciones y recuerdos, de similitudes y reminiscencias, que por otra parte, son inevitables, necesarias y deseables.

Al fin y al cabo, el arte, desde su formación, principalmente se creó para ello, como la filosofía o la religión, para intentar encontrar respuestas a las preguntas que plantea la vida y que, aunque no consigue que lleguen ya que no logra responderlas ni adecuadamente ni satisfactoriamente, sí que ayuda a intentar plantear y formular las preguntas correctas, que además son necesarias e imprescindibles para la existencia humana al igual que las cabezas de las que más que de una vez llegamos lamentablemente a prescindir, en una existencia, que gracias al arte, está claro y no hay duda, de que es mucho más llevadera y placentera.