Agustina Otero Fernández
Escultura y Naturaleza: otra forma de resistencia
“Nostalgia de una vida en unidad. La memoria sería la sede de este conocimiento, de este encuentro con la realidad total, porque ya entonces en ella no habría recuerdo ni olvido, sólo presencia.”
María Zambrano
De la Naturaleza a la escultura y de la escultura a la Naturaleza, este es mi recorrido vital a través de mis años de vida, vivida ésta, en torno al mundo de la escultura.
En el principio, fue la pulsión de la naturaleza desnuda de los campos de Castilla y León, la que propició y enriqueció mi mundo infantil, del que parece ser, no salimos nunca y en el cual giramos continuamente en nuestro vivir cotidiano, tratando de descifrar las preguntas no preguntadas en aquel momento y los enigmas incesantes que, indudablemente, la naturaleza ponía ante nuestra inocente, curiosa e interrogante mirada, asombrada ante el prodigio.
Era, ese mundo de formas y colores cambiantes en el incesante desplazamiento de las estaciones, una invitación constante para el jugar y la imitación.
En ese transcurrir del tiempo, la naturaleza se desplegaba con incesantes formas, ya fuera la nieve en invierno que cubría con su blancura todas las otras, propiciando así el brotar de otras irrepetibles, era una instalación in situ, efímera y breve, como todo lo bueno, o bien en verano donde los diferentes trabajos de recogida, trilla y aventamiento de los cereales creaba todos unos apilamientos y alineaciones en el más puro Land Art. Estas eran figuras que desafiaban, recogían, envolvían, retorcían y perfilaban el espacio a su alrededor, dotándolo de todo su esplendor, es decir, facilitando lo lleno y lo vacío. Pero era la gran campana azul y protectora del cielo, en contraste con los colores de la tierra la que más acentuaba esta sensación de vacío y lleno, creando un molde perfecto donde estaban contenidas todas las posibles formas. Un molde que, años después, yo aprendí a construir con yeso y se desveló así, el misterio de la campana.
Toda esta variedad de espacios habitados por las formas y colores, eran regados en todo momento, con la plenitud del silencio.
Ya desde que era una niña quería ser escultora, y aquel entorno natural en el que crecí ha configurado mi carácter, sentimientos y espíritu, y no hay que dudar mucho para saber que esas raíces del paisaje, han modelado mi mirada, que más adelante recorría las formas escultóricas en los libros y los museos.
Luego, más tarde, llegaría el momento de picar una verdadera piedra, tallar una madera que se agrieta, forjar un hierro que se resiste, esculpir un mármol estatuario en Pietrasanta o modelar un barro encontrado al borde de un camino en Diembéreng, pero eso, es ya otra historia.
Agustina Otero Fernández
Bidanea, febrero de 2019 Jornadas por el día de la mujer, Biblioteca de Hondarribia
8 de marzo 2019
