Ramón Andrés     

Vaciar, dejar en nada las cosas, los mundos que están en el mundo. Las alas de un mirlo que sobrevuela un hayedo, vaciarlas. El camino que sube hasta las casas lejanas de un monte, vaciarlo. Se trata de hacer de la nada una Nada. El graznido del cuervo, rebajarlo a brisa; la sombra de la espesura, dejarla en un apenas.

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La piedra piensa porque es pensada; si se vacía, cabe en las formas. El metal piensa porque es pensado; si se le convence de su levedad, es tiempo ondulado.

Cabeza, buru, es la región, el dominio de unas manos, el motivo de Agustina Otero en esta acción de ser lo menos posible en el tiempo que somos. Piedra y cabeza; metal, dibujo de un cuerpo humano que ya no está, es un fue en la mirada de una artista que cava como lo hace la llama en la noche cerrada. Es entonces cuando se abre una oquedad en ese círculo como horizonte, que todo lo contiene y todo lo trasciende.

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 Agustina Otero excava la línea, mantiene el pulso «hacia arriba», hace del suelo lo que se aparta de él, donde nace la cabeza, esa que cree que juzga, que asevera y razona y, sin embargo, sólo contempla, sólo predice la quietud de lo que seremos. Una cabeza milenaria, antigua como los ríos, antaño ensombrecida en su humedad de gruta, en la oscuridad antigua de su adentro. Ha estado en los cañaverales del Nilo, ha trabajado bajo el sol de Minos, ha dormido sobre un lecho de hojas en África, ha faenado en las aguas de Homero. Es idea, es argonauta, es tierra de llegada.

Cabeza no de Medusa, sino de Orfeo, que canta pese a haber sido decapitada, sigue cantando cerca de los acantilados de Lesbos, se la oye desde la isla de Safo, en el oleaje de su decir sagrado. Es la misma que Agustina Otero siembra por los campos roturados de pasado, la multiplica, la prodiga por la mitología del silencio que convence a la palabra de que es mejor pronunciar el olvido.

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Cabeza, buru, primer peldaño hacia lo alto, materia prima de lo pensado, de los ojos que en su estar inmóvil son contemplación. Tiene un algo de faro y de flor silvestre que alguien ha arrancado porque sí, sola en su eterno retorno de estar sola. Mira con fijeza, conmina al regreso, al estado originario, a despojarse para, al fin, conocer.

En el Wen-Tzu, la pregunta de: «¿Sabes adónde vas cuando vas a algún lado?», está en cada una de estas cabezas, por las que pasan los días como libros de sabiduría escritos en la piedra.

                                                                         Ramón Andrés