Luis Garde
No soy quién para decir
cómo trabaja la luz,
cómo peina sus trenzas en el hierro,
en la historia de la madera,
en el tráfico de la carne,
cuánto carbón carga de los trenes nocturnos.
No sé cómo se mide
el resplandor de la cicatriz torcida,
la que persigue al memorioso Bidasoa
-aquí un perro apaleado,
más allá peces que muerden-.
Se repite tanto
la carpintería de los dolores a medias,
un continuo ingresar en tus cuentos,
una herencia y un contar de tus cuentas,
que no me enseñen los números,
no seré yo quien ponga los adjetivos
a esta ventana de luz
que nos resbala
y nos pone en nuestro lugar,
ese en el que ya estábamos,
pero con nuestros ojos.
y me vienes con tu caja de herramientas,
tan mordidas por las estaciones
que perdieron los nombres y las aristas
no sabemos qué fabricaban,
cuáles eran los ritmos y los ruidos,
qué barcos, o qué pantallas, pero
tal vez no inventemos nada
que invada nuestro espacio,
solo alguna forma
de moverlas con las manos
de golpear y empujar hacia aquí el aire
rasgando en los puntos necesarios
para atraer los cortes de otro aliento
me basta con eso,
con ese sudor tuyo o mío
y un juramento que aún no ha dicho nadie
Manchas nuevas en la ropa,
ya no tan acogedora
y más hospitalaria,
toda tan recosida de dobles forros
y trampas largas.
El joven ensucia por fuera,
el viejo el lado invisible.
La edad es una madeja de hierro.
No lo intentes, ni se te ocurra,
ya no estás para eso,
te cortarás, seguro.
Pero ya que lo has hecho
baila en la ventana de tu desnudez
rescata la estría dura de tus uñas
retoma los ojos del búho
enseña lo limpio de tus incisiones
al viento hablado de la tarde.
Es ahora o casi nunca.
Aquí ya estuvo.
Una curva
que no se termina de conocer,
un chirriar de lunes
a destiempo en las ruedas,
y luego, raspando el quitamiedos,
una vista sin mar.
Todavía huelen a carbón de otros años,
estos pinos.
Allá en lo alto la ve,
es su propia mano:
vuela siguiendo sombras,
rehúye los destellos y las redes,
sube en columnas de aire caliente
y para a una con el temple del viento.
Aquí ya estuvo,
y no es un gran lugar,
no de los que crecen en los poemas.
Nadie haría de esto su casa,
eso seguro,
pero quiere mirar desde aquí,
bañarlo en otra luz
y seguir mirando,
comparando velocidades e inclinaciones
aprender la emigración.
Hay palabras que deberían significar
cada mañana
algo diferente:
escarcha, tubo, cónico.
Para los días en que nada está hablado,
los días proyectables y como vengan,
los días de reloj blanco y sin rayas
en que la tarde es un suponer:
esparto, albaricoque, tintineo.
Y ya con un vistazo
al desgaste de los calcetines,
cuando la lengua de gato de la noche
lame el negro eléctrico
en las antenas de los tejados,
llamar genocidio
a la reflexión de la luz
en los dientes de una llave recién cortada
y dejarlo ahí para los días sucesivos,
y dejarlo ahí.
